En 2014, Mariana —una de las fundadoras de Café del Sol— subió por primera vez a Huautla de Jiménez, en la Sierra Mazateca, siguiendo la recomendación de un agrónomo que conocía la zona. Ahí conoció a doña Erlinda Ramírez, que entonces vendía su cosecha completa a un intermediario local, como la mayoría de sus vecinos.

Mariana probó el café de doña Erlinda en una taza de peltre, sentadas las dos en el patio de su casa, y algo hizo clic: era un lavado limpio, con una dulzura de caña y un final cítrico que no se parecía a nada de lo que estábamos comprando en ese momento. Ese mismo día acordaron un precio muy por encima de lo que pagaba el intermediario de la zona, y doña Erlinda vendió su primer saco directo a la tostaduría. Han pasado doce años desde entonces.

De un saco a catorce familias

Lo que empezó como la compra de un solo saco se convirtió, con los años, en una relación de trabajo que hoy incluye anticipos antes del corte —para que las familias no dependan de préstamos con intereses altos mientras esperan la cosecha— y mejoras concretas al beneficio húmedo de doña Erlinda: pilas de fermentación nuevas, una despulpadora más eficiente y patios de secado más grandes, financiados en parte con esos anticipos y con las ganancias reinvertidas año tras año.

Hoy doña Erlinda ya no solo vende su propio café: coordina a catorce familias productoras de la región que procesan y comercializan juntas bajo el mismo estándar de calidad que ella fue construyendo desde 2014. Nos cuenta que varias de esas familias son vecinos que antes vendían por separado y a precios más bajos, y que se fueron sumando cuando vieron que su trabajo mejoraba de un año a otro.

Hoy compramos alrededor de cuatro toneladas de café verde al año entre doña Erlinda y las familias que coordina, siempre a un precio fijado antes de la cosecha y por encima del precio de referencia de bolsa, sin importar cómo se mueva el mercado internacional ese año. Para nosotros, esa certeza vale tanto como el precio mismo: les permite planear sin la ansiedad de no saber cuánto van a recibir por su trabajo.

Lo que más nos conmueve, cada vez que subimos a visitarla, es escuchar que algunos de sus hijos y sobrinos —que hace unos años tenían planeado migrar a buscar trabajo a la ciudad o incluso cruzar al norte— hoy se quedaron a trabajar la tierra con ella. No es que el café haya resuelto todo, pero sí que un ingreso más estable y más justo cambia las decisiones que toma una familia.

Cada bolsa de café de Huautla que vendemos en Alcalá 214 lleva, de alguna manera, doce años de esta relación. Cuando la sirvan en casa, sepan que detrás hay una mujer que decidió, una tarde de 2014, confiar en dos tostadoras desconocidas que subieron a su pueblo con una idea simple: pagar lo justo por un café que lo valía.